
Su respirar descompensado
hablaba por él.
Sujeté su mano,
acaricié su piel
y la uña del dedo anular
de su mano izquierda,
partida desde siempre.
Le pregunto flojito,
¿me quieres?
y sus ojos se abren
tras cortina traslúcida
como la Luna del sábado.
Me mira, los cierra...
las fuerzas le abandonan,
el dolor se acentúa,
se adormece,
pues los fármacos actúan.
Su cuerpo inmóvil,
su rostro templado,
sus párpados cerrados.
Su alma ya no ocupa su cuerpo.
Solo escucho mi llanto
que nace desde el fondo de mi corazón.
Me siento sola,
ya, huérfana de padre.
Manuel Nicolás Bernal
In Memoriam, Agricultor jubilado.
13-3-1934 - 31-10-2009.
María Nicolás Arteaga
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