
Hoy me siento mal. Cada día me cuesta más sentir el ambiente navideño. Desde que mis hijas no están en casa y mi padre tampoco en la que fue suya y mía, no lo encuentro. Este año no tengo ganas ni de montar mi precioso nacimiento de Griñán, ni poner la estrella brillante que adorna la puerta del salón, ni las velas doradas que sustituyen a las de color sepia de los pequeños candelabros de cristal que hay en la mesa del comedor, ni siquiera la escoba de la bruja con bolitas de la puerta de entrada a la casa. No siento la Navidad por ningún lado, si acaso por el dinero derrochado. Empezando por mi, en loterías que nunca coincide el número escogido con el premiado, y terminando por el despilfarro de nuestro ayuntamiento decorando calles y plazas. El dinero dicen nuestros mandatarios que está escaso, pero no lo parece si levantas la mirada al ocaso. Seguro que Dios desde el cielo se tapará los ojos viendo desde lo alto tanto dinero malgastado y el hambre, frío, llanto e impotencia de muchos que no tienen trabajo y ni siquiera techo. No tiene sentido el lujo cuando una sola persona pase necesidad de lo más esencial.
Pues me siento culpable y yo no puedo hacer casi nada, mi sacrificio o mi pobre limosna sería casi inútil, lo mismo va a alguien parecido a Fagin u otro personaje de la novela de Dickens. Solo puedo llorar de rabia ante tanta injusticia. Mi nacimiento y demás adornos los tengo desde hace años, pero no creo que ocurra lo mismo con los de la ciudad, esta y las de todas las del mundo.
Jooooooooooo, me acaba de entrar un correo de Médicos Sin Fronteras. Bien por todos los que sí hacen algo por los demás.
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Me entristece la muerte de Enrique Morente y demás personas que de la misma forma aunque menos conocidas, no vivirán estos días de fiesta con luces de Navidad. Descansen en paz.
María Arteaga.
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