lunes, 27 de diciembre de 2010

Desconcierto



Ha salido al frío con guantes de seda.
Abrigo gris, como su ánimo.
De la mano un corazón de fieltro rojo,
en su pecho el suyo latiendo alocado.
Calma, se dice a si misma
y su mente sonríe burlona.
Todos caminan deprisa,
ella espera en el último lugar
que él le dijo adiós, pero nadie llega.
Todos caminan deprisa,
ella espera...


María Arteaga


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Canción otoñal



"Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor mi tristeza
va mojando recuerdos
en la fuente de la idea"


Federico García Lorca

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sábado, 25 de diciembre de 2010

Cierro mis sentidos



Un portazo y ojos sin luz. Humo.
Vida nueva sin nada nuevo.
Todo está roto desde hace tiempo,
siempre ha deshecho mis ilusiones
en beneficio de sus caprichos.
Años que no han significado nada
a pesar, de que yo callando lo intentaba.
De nada ha servido mi trabajo, ayuda,
silencios y disculpas, de nada.
Juventud tirada por la borda
y manos destrozadas. Alma ajada.
Nada le importa
ni lo que dice que tanto ama.
Mentiras y más mentiras,
hasta para su ideas extrañas.
Desgana de lo más preciado.
Desconsideración por el respeto
y mi desasosiego al pensar
qué pasará por su mente desocupada.
Miedo, desdicha, impotencia,
oídos cerrados a risas falsas.
¡Que tristeza acuna mi alma!
¿Y tú, Ehos, donde estás?
ayer, más que otras veces,
yo te necesitaba.


María Arteaga

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jueves, 23 de diciembre de 2010

ORPHEUS MUSIC


No pudo tener mejor escenario

El martes 21 por la noche, a la salida del trabajo, tuve el honor de asistir a un concierto de Música de Navidad en La Iglesia de Nuestro Padre Jesús Nazareno (Murcia). La Agrupación Coral Orfheus Music y la Orquesta de Cámara Énsemble la Danserye dio un recital de Villancicos Renacentistas, (que no pude escuchar ni ver) y otro de Villancicos populares, que muy gentilmente un señor tuvo a bien dejar que entrara y ocupara un asiento junto a Sandra y sus dos sobrinas, hija y nietas de Lola, una señora con voz de ángel que pertenece a la coral, (en la foto de la derecha, es la mujer de cabello plateado que ocupa en pie, el segundo lugar por la izquierda), y que además, es la esposa de mi amigo Manolo.

En la primavera de 2010, un grupo de enamorados de la música, especialmente de la coral, viendo la necesidad que tenían de manifestar este sentimiento, decide crear Orpheus Music, una agrupación coral formada por dieciséis voces mixtas. Hombres y mujeres con una amplísima experiencia en este campo de la música, algunos de ellos con muchos años cantando en distintas formaciones corales, interpretando papeles solistas en grandes obras sinfónico-corales.
Desde su creación, esta coral está dirigida magistralmente por Francisco Javier Caballero Gimeno, estudiante de Piano desde los 9 años y con una amplia trayectoria profesional. Nace en 1975.

Ensemble la Danserye se fundó en 1998 en Calasparra (Murcia), con el objetivo de dar a conocer y divulgar la música instrumental de viento que se usaron desde la Edad Media hasta el primer Barroco. Cuatro hermanos con un mismo amor: la música.


María

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Cerca de tu vuelo



Dedicado a todos los enamorados.
Del amor, de la vida, de los sueños.
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Cuando dudes si fue un acierto encontrarnos,
piensa en la brisa del mar tranquilo.
En cada poema que escribo y siento
y que tú, verso a verso vives en silencio.

Si alguna vez dudas de nuestra dicha,
no creas que todas mis lágrimas son de angustia,
recuerda aquella noche de luna llena
paseando de la mano junto al río de agua serena.

Si por un momento te entristece la distancia,
piensa que tus palabras son mis compañeras,
la limpieza de tu mirada mi certeza segura
de que más allá de dudas tengo tu alma bella.

Cuando sientas que me necesitas o que te añoro,
recuerda las mesitas para dos con platos al centro,
mi copa de vino a medias en tu mano
y los silencios llenos de caricias sin tacto.
Piensa, amor, que tenemos mucho más que amor.

María Arteaga

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sábado, 18 de diciembre de 2010

Estrellas sin luz



Vivo apresurada durante el día
sin poder caminar despacio.
En un respirar atolondrado
y sin poder evitarlo, me ahogo.
Deseo no ver el sol y
que llegue la noche oscura.
Para mi comienza pronto el ocaso,
sin luna ni estrellas;
quito de mi cielo todo lo que brilla
y tapo mi cabeza, cierro los ojos
e intento no pensar, no sentir.
Me asusto de nuevo,
ahora de mis pensamientos.
¿Donde se marchó mi estrella?
Seguro que entre todas
había una destinada para mi,
aunque fuese fugaz.


María Arteaga

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jueves, 16 de diciembre de 2010

Seda




Hace unos días que mi amiga Trini me hizo una pregunta: ¿has leído la novela Seda?, yo le respondí que no, ella movió ligeramente su cuerpo y abriendo la puerta de uno de sus armarios de oficina me dijo: yo te la regalo. Su dedicatoria es tan simple como hermosa. Para María.
Es muy bonita, de las 59 páginas que llevo leídas, hay unos renglones que me han cautivado especialmente y los quiero compartir con vosotros por su estilo dulce y poético.
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Por la noche Hervé Joncour preparó las maletas. Después se dejó llevar a la habitación pavimentada de piedra, para el ritual del baño. Se recostó, cerró los ojos, y pensó en la gran pajarera, loca prenda de amor. Le pusieron sobre los ojos un paño húmedo. No lo habían hecho nunca antes. Instintivamente intentó quitárselo pero una mano cogió la suya y lo detuvo. No era la mano vieja de una vieja.
Hervé Joncour sintió resbalar el agua por su cuerpo, primero sobre las piernas, y después a lo largo de los brazos y sobre su pecho. Agua como aceite. Y un silencio extraño a su alrededor. Sintió la ligereza de un velo de seda que descendía sobre él. Y la mano de una mujer -de una mujer- que lo secaba acariciando su piel por todas partes: aquellas manos y aquel paño tejido de nada. Él no se movió en ningún momento, ni siquiera cuando sintió que las manos subían por los hombros hasta el cuello y los dedos -la seda y los dedos-, subían hasta sus labios y los rozaban una vez, lentamente y desaparecían.
Hervé Joncour sintió todavía que el velo de seda se levantaba y se separaba de él. La última cosa fue una mano que habría la suya y dejaba algo en la palma.
Esperó largamente, en el silencio, sin moverse. Después con lentitud, se quitó el paño de los ojos. No había ya luz apenas en la habitación. No había nadie a su lado. Se levantó, cogió la túnica que yacía doblada en el suelo, se la echó por los hombros, salió de la habitación, atravesó la casa, llegó ante su estera y se acostó. Se puso a observar la luz que temblaba, borrosa, en la lámpara. Y con cuidado, detuvo el tiempo durante todo el tiempo que lo deseó.
No fue nada, después, abrir la mano y ver aquella hoja de papel. Pequeña.
Unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro. Tinta negra.



María


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