La ventana entreabierta deja pasar
el aroma del amanecer de mi pueblo.
Hoy he despertado allí, y frente a mi,
la luz de la vela parpadea
sobre la chimenea ahora sin llamas.
Llegará otra vez el invierno
y haremos arder la leña
apilada en lo que fue su refugio,
donde mi padre guardaba sus aperos.
Esta madrugada pensaba en ti,
en él, en lo que no tengo,
lágrimas han rodado por mis mejillas
gritando en silencio su nombre y el tuyo.
¡Padre!...¡cielo...!
María Arteaga
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