Blanco y frío como invierno de nieves.
Rodeado de flores que miraban al frente
sorprendidas del dolor que sentíamos
detrás de los cristales.
Blanca y fría tu piel,
roncos los corazones abandonados
a la deriva de nuestra suerte,
como un barco que rompió la tormenta
sin capitán que diese órdenes
para llegar a puerto de nuestro destino.
Todavía seguimos confusos, incrédulos,
perdidos te echamos de menos
recordando cada segundo compartido.
¡Padre!
María Arteaga
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