Arena gris salpicada de pizarra y plantas doradas,
sol de verano al calor primaveral,
velas bailarinas entre olas de jazmín rizado
con sabor a sal, música de gaviotas, risas...
Atrás quedo la mañana y el día se adornó con sombrero.
Despertó la tarde de su siesta, coqueta,
con ojos pintados de celeste y labios de clavel
susurrando cerca de la noche un deseo de dos:
levantarse sin prisa de domingo cerca del mar.
María Arteaga
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