Cuando ese día llamaste a la puerta,
yo te esperaba asomada a la ventana
deseosa de poder abrazarte.
Tal era mi impaciencia que no te vi,
no sentí tus pasos
ni escuché el latir de tu corazón.
Y volaste a mi lado como el viento,
loco por estrecharme en tus brazos
como yo de que lo hicieras.
Nos juntamos como la hiedra,
temiendo que se rompiera el encanto
que se hizo silencio a gritos de alegría.
Y pasó la tarde, y la noche vigilante
testigo de palabras y caricias
que se quedaron para siempre escritas
en el paisaje, en aquellas paredes
mudas cerca del mar.
María Arteaga
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